viernes, 12 de marzo de 2010

De la autonomía, la dependencia de Pensamiento y la dignidad de la política


De la autonomía, la dependencia de Pensamiento y la dignidad de la política

CARLOS CARNICERO - 10/03/2010 – En ElPlural.com


Confesaré varias cosas, aunque es sabido que en España no se debe mostrar satisfacción. Llevo más de diez años viviendo a caballo entre mi país y otros lugares; primero fue Cuba, una experiencia complicada y apasionante en un país que está pendiente de desarrollar un proyecto que permita a sus ciudadanos ejercer la libertad interior sin presiones internas ni externas, con todas las contradicciones de tratar de mantener el socialismo real en pleno siglo XXI frente a Estados Unidos. Ahora rugirán los que piensan que es más importante condenar que solucionar. Luego me instalé en Buenos Aires, que es una de las grandes ciudades del mundo, con muchas contradicciones, pero con unas condiciones que promueven la palabra y la cultura. Y ahora paso mucho tiempo en Londres, la democracia más antigua del mundo.

Desde todos estos sitios, España para mí ha sido una realidad a la vez próxima y distante. Próxima, porque mi trabajo y mis raíces me han obligado a estar lo más cerca posible de los acontecimientos, y al mismo tiempo lo suficientemente lejos para que la espuma no me impidiera ver el fondo de lo que se ha cocido en cada momento.

Y la conclusión a la que llego no deja de ser deprimente: hemos perdido mucha de nuestra capacidad de independencia porque la política exige continuamente un alineamiento defensivo. Fuera del paraguas de los dos grandes partidos existe una tierra de nadie, que es un campo de minas en vez de ser territorio de reflexión. Yo soy consciente de lo que significa tratar de tener criterio propio. Sin ir más lejos, en este periódico pasé de ser un niño mimado a ocupar uno de los últimos lugares del escalafón. Muchos de quienes me leen me han preguntado reiteradamente por este cambio de posición que no se rectifica. Les he dicho que no se preocupen y que el director tiene toda la legitimidad para establecer los criterios y las categorías en donde debe aparecer cada artículo. Y quien escribe, si no está conforme, es libre para marcharse. Yo no me siento mal en este segundo plano y si alguien se satisface al pensar que me afecta, no me conoce. Y aquí sigo, diciendo lo que siento y sintiendo lo que digo. Y ya lo dije en su momento cuando bajé por la escala de valoración de la dirección de esta casa. Cada día tengo más distancia con la incondicionalidad y me dan mucha pena los que creen que tienen que estar alineados sin pararse a pensar lo que dicen, sólo porque tienen que coincidir con quienes globalmente se identifican.

El poder de la palabra, la grandeza de la palabra, está a punto de diluirse en el exabrupto de frases agresivas, cruzadas siempre para dañar al adversario al que nunca jamás se le debe, según estos criterios, reconocer bondad alguna. Esa es la moda en la prensa escrita, en la radio y en la televisión.

Quedan pocos asuntos por meter en la picadora; el antepenúltimo, probablemente, era la Justicia, con mayúsculas. Ahora, el descrédito de las instituciones es circular y de ida y vuelta en función del posicionamiento que en cada asunto tiene un juez o un tribunal, no por los hechos sino por la identificación que pueda hacerse de estos con los protagonistas políticos y con las propias adhesiones.

La política no se ocupa de problemas sino de posiciones partidarias y de marketing; no importan los hechos sino a quien pueden favorecer y a quien pueden perjudicar. Hay ejemplos hasta para aburrirse. Pero las consecuencias son dramáticas porque los ciudadanos no tienen delante de sí opciones sino confrontaciones. Y eso termina por agotar. Nada se puede analiza en el contexto de la búsqueda de las mejores soluciones sino en lo que reflejan para que cada uno se sienta confortable en la imagen que rebota y que le retrata frente a los quiere satisfacer.

Y en esos parámetros ni siquiera se pueden examinar las propuestas porque sus ecos están tapados por las descalificaciones que del contrario sufren antes de que puedan terminar de formularse.

Entonces, hacer acopio de criterio propio es la única alternativa. Ser un electrón libre, rebelde a todos los imanes que quieran atraer o repeler de un análisis sosegado en donde la descalificación y el insulto son la respuesta que se evita el análisis de las propuestas por sí mismas.

El gesto grosero del ex presidente de Gobierno y, sobre todo, la explicación posterior de “a los descarados hay que responder con descaro” indica claramente dos cosas. La primera, el daño que ha hecho Aznar, con su cultura política antidemocrática, a este país. Y, en segundo lugar, como ese efecto pernicioso se ha contagiado a amplios sectores de la izquierda.

Creo que es un momento en que, quienes tenemos el privilegio de analizar la realidad desde distintos medios de comunicación, tenemos la enorme responsabilidad de colaborar a serenar este clima que se hace irrespirable para que las grandes crisis que nos atenazan puedan encontrar un camino dialéctico transitable evitando que se acabe el sistema de partidos tal y como lo entendemos. La recuperación del prestigio de la política debiera ser nuestra principal preocupación por encima de los compromisos de cada uno.

Carlos Carnicero es periodista y analista político

PD.: Viñeta de Forges, tomada de ElPaís.com

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